Hablar hoy de Valparaíso no es sencillo. No es una ciudad abandonada a su suerte, pero tampoco una ciudad resuelta. La gestión municipal actual se mueve en medio de problemas que llevan décadas arrastrándose: calles y barrios deteriorados, comercio informal que crece al ritmo de la falta de trabajo, viviendas en mal estado y una persistente sensación de abandono. En ese escenario, las acciones orientadas a ordenar, recuperar espacios y recomponer la vida cotidiana de la ciudad responden a una voluntad real que merece ser reconocida.
Es evidente que la actual alcaldía ha intentado enfrentar varios de los frentes más complejos de Valparaíso. El control del comercio ambulante, la recuperación del orden visual y ciertas medidas de ordenamiento del espacio público dan cuenta de un esfuerzo por recomponer una ciudad que durante años acumuló deterioro. Estas acciones existen, son visibles y forman parte de un intento por devolverle estructura y dignidad al espacio urbano.
Sin embargo, la percepción del habitante no se construye solo desde la gestión, sino desde la experiencia diaria. Para muchas personas, la informalidad no es una elección, sino una forma de subsistencia. Caminar por la ciudad permite constatar que el desorden no es solo un problema de control, sino también el reflejo de la falta de empleo, de inversión sostenida y de oportunidades reales. En ese contexto, incluso las buenas decisiones municipales pueden verse opacadas por una realidad social que las sobrepasa.
Aquí es donde resulta fundamental recordar que el Estado tiene el deber de colaborar activamente en la recuperación de Valparaíso. Hay problemas que un municipio no puede resolver por sí solo: la generación de trabajo, la inversión pública, la salud mental, el consumo problemático de drogas y la reactivación económica requieren políticas estructurales y presencia efectiva. Cuando esa responsabilidad no se asume, cualquier gestión local termina desgastada, por más voluntad y trabajo que exista.
Esta situación se refleja con claridad en el ámbito patrimonial. Valparaíso cuenta con comunidades organizadas, con una Corporación del Sitio de Patrimonio Mundial activa que ha intentado articular esfuerzos. Sin embargo, la falta de respuestas concretas desde otras instancias del Estado debilita estos procesos. El patrimonio no puede sostenerse solo desde la reacción o la emergencia; necesita planificación, coordinación e inversión constante.
Pero la recuperación de la ciudad tampoco depende únicamente de las instituciones. El porteño tiene un rol clave. Las ciudades crecen cuando sus comunidades participan, se organizan y se sienten parte de los procesos de transformación. Sin comunidad activa, no hay política pública que logre arraigo ni continuidad.
Reconocer los avances de la gestión municipal, exigir al Estado que cumpla su rol y fortalecer la participación ciudadana no son posturas contradictorias. Son, en realidad, condiciones básicas para que Valparaíso deje de resistir sus problemas y comience, de una vez, a proyectar su futuro.