El desborde de grafismo en Valparaíso es evidente. Por un lado, el graffiti clásico de Bombing, Tag o Blockbuster, y, por otro, el muralismo en sus más amplios estilos. Ambas expresiones están unidas y se han convertido en un sello más de esta ciudad que se denomina al menos cultural, patrimonial y turística.
Pero que hace, que una ciudad, que se jacta por ser cultural, se hagan murales en fachadas patrimoniales y que esos murales sean rayados por grafitis y que esos grafitis sean expuestos como un valor de identidad cultural?
Hagamos un poco de historia: Tras el derrumbe de Emporchi y la privatización del puerto, a mediados del 2000 se instaló la idea de que esta ciudad tiene atributos especiales que la hacen más cultural que otras. Y eso es un error conceptual. Todas las ciudades tienen una identidad cultural que las singulariza y les confiere un valor. La ficción de Valparaíso como capital cultural es solo una idea de marketing que nace de una decisión centralizada y, por cierto, inconsulta, en el gobierno de Ricardo Lagos. Todo partió cuando el Plan Valparaíso quiso instalar los extintos Carnavales Culturales como estrategia para rentabilizar el público flotante que circula entre Navidad y Año Nuevo.
Lo que vino después ya es conocido. Especulación inmobiliaria, gentrificación anunciada, los hostales boutique, el proyecto de Niemeyer para la Ex Cárcel y, por cierto, lo que nos convoca: el graffiti desbordado junto con el muralismo institucionalizado.
Veinte años de especulación simbólica, donde se instaló en el imaginario a “Valpo” como un lugar donde se permite que, por ejemplo, un extranjero pueda comprar el servicio de “mural express”. Políticos, agentes culturales y, principalmente, los artistas hemos sido parte de este equívoco.
En este sentido, toda una generación educada en esta falsa idea de cultura siente que el valor de la expresión individual es más relevante que el bien colectivo de una fachada, por ejemplo. Y es aquí donde me quiero detener.
Cuando una comunidad no entiende el valor patrimonial de su casa, por austera que sea y no entiende que la autenticidad que confirió la Unesco al sitio de patrimonio, se refiere a esa austeridad. Enfrentamos un problema sin solución.
Tenemos la obligación de valorizar nuestra ciudad como es. No de maquillarla. Hablo de volver a la simpleza única y profunda del “habitar”. Donde importa lo material, lo concreto. Por eso hay que reparar en vez de decorar. Valparaíso es una ciudad extraordinaria en muchas dimensiones, los que vivimos en ella lo tenemos muy claro.
Es cosa de recorrer la calle Condell para evidenciar cómo hemos legitimado y normalizado el maquillaje. Si hasta se instaló la torpe idea de una galería de arte al aire libre con murales en las cortinas de las tiendas. A la fecha todas rayadas. Y el edificio de la Cooperativa Vitalicia es el ejemplo de esta estupidez. ¿Qué hubiera dicho Alfredo Vargas Stoller de un mural en su fachada?
No se trata de ir contra el muralismo que tiene una tradición en Chile con el gran Julio Escámez o la BRP. Pero cuando el mural se convierte en un mecanismo de legitimación cultural de una comunidad, ocurre el desborde que padecemos.
Sí, porque el sentido más profundo del grafitti es la marca individual. La negación de lo colectivo. Y el muralismo que de alguna manera lo acoge como un hijo menor, sufre de parricidio. Y ahí se van sumando capas y capas de grafismos que desbordan el imaginario visual de esta ciudad que lucha en una contradicción permanente. Con un escenario ilógico de fachadas en ruinas grafiteadas sin sentido que señalan la vulnerabilidad diaria de lo que se presenta como patrimonial.
La actual administración alcaldicia y la reciente Corporación Municipal de Sitio Patrimonio Mundial de Valparaíso, han iniciado una cruzada contra el grafitti, pero es una lucha difícil de ganar. Porque la contradicción es real. Es visible.
El brillo le gana a la opacidad. El decorado a la austeridad. El disfraz a la autenticidad. Un modelo basado en 20 años de un equívoco.