Los rayados en Valparaíso no son un problema estético, sino, a mi parecer, el síntoma visible de una tensión no resuelta entre patrimonio, abandono y la forma en que la ciudad se ve a sí misma. La ciudad que se exporta y se posiciona como una postal de colores ha ido transformando esos colores en capas superpuestas que han dejado de dialogar para comenzar a saturar. Esta ciudad, que se promociona como una galería a cielo abierto, también lidia con la otra cara de convertir los muros en espacios dispuestos para la intervención: ¿pueden los rayados también ser considerados una buena intervención? ¿Quién, y bajo qué parámetros, puede decidir cuál es una “buena” intervención? ¿Es posible lograr un consenso unánime, o al menos mayoritario, sobre un “buen” trabajo?
Mientras desde la vereda turística el graffiti se celebra y se fotografía, el rayado espontáneo se borra y se condena. Y en este punto quiero detenerme para explicar a qué me refiero con “rayados”. La gama es amplia: tags, frases, símbolos, nombres, mensajes… todo tipo de expresión gráfica no premeditada ni de larga ejecución. A veces es un simple nombre, un “aquí estuve”, pero también hay mensajes que podrían calar hondo: denuncias ciudadanas, opiniones políticas e ideológicas, frases íntimas, poéticas o reflexivas, mensajes contraculturales, críticas al sistema, incitaciones al descontento o a la acción, o incluso humor e ironía. Todas conviven. Ninguna compite. Somos los espectadores quienes tendemos a compararlas y jerarquizarlas: cuál es mejor, cuál es más relevante. Lo cierto es que no todo lo que está en el muro es arte, pero tampoco todo lo que se borra es basura.
Otro aspecto importante es dónde aparecen estos rayados. Usualmente están en muros abandonados, fachadas sin mantención, espacios donde “da lo mismo” intervenir porque ya están descuidados. Y aquí surge la pregunta: ¿el rayado ensucia la ciudad por sí solo, o revela que la ciudad ya estaba siendo abandonada? Quizás, antes de la pintura en spray, el abandono ya se había aplicado en brocha gruesa. Y visto desde otro ángulo: ¿cuántos murales celebrados, con dedicación, planificación y sentido, se realizan fuera de Cerro Alegre y Cerro Concepción? ¿Qué porcentaje de los artistas que han dejado su huella en Valparaíso lo han hecho fuera de este eje turístico?
¿No es también cuestionable el efecto que producen estas intervenciones artísticas concentradas en estos cerros, focalizando la atención estética de la ciudad en un espacio reducido? Sí, quizás tienden a estetizar y ordenar el espacio urbano, pero en consecuencia activan un proceso que muchas veces no se menciona por estar normalizado: la gentrificación. Vecinos que, debido al alza en el costo de vida, deben migrar. Proliferación de hoteles, cafés, tiendas de souvenirs y centros comerciales orientados principalmente a no residentes, lo que genera un vacío cultural y un discurso distinto al que la ciudad busca proyectar. No olvidemos que uno de los elementos de Valor Universal Excepcional que la UNESCO reconoció en Valparaíso para declararlo Patrimonio de la Humanidad es su condición de paisaje cultural vivo: diversidad social, actividad cultural, tradiciones y expresiones propias de la identidad porteña. Esa cualidad se desvanece cada vez que un habitante debe abandonar su lugar para que este sea mercantilizado o convertido en segunda vivienda.
Tal vez el error ha sido insistir en que alguna vez vamos a ponernos de acuerdo sobre qué tipo de arte queremos ver en nuestras calles. Pero la ciudad no funciona así: es una superposición de miradas y acciones que a veces dialogan y otras simplemente se ignoran. Pretender un consenso estético total es como desear una ciudad sin conflicto y esperar que siga viva.
Pero hay otra forma de acuerdo, una más silenciosa y quizás más urgente. No sobre lo que nos gusta, sino sobre lo que estamos dispuestos a tolerar. Porque si algo podemos compartir es el rechazo al abandono. En ese sentido, la discusión sobre los rayados —su presencia, su ausencia o su valoración— deja de ser puramente estética y se vuelve una pregunta política y colectiva: ¿qué tipo de presencia queremos ejercer sobre nuestro propio entorno? No para uniformarlo, sino para no dejarlo morir.